Ahora mismo me encuentro en la ciudad de New York, y entre los días que tengo pendiente escribir por todo el ajetreo del Mundial y el turismo, nopuedo seguir publicando. Esperad la continuación de las aventuras de un mosquetero para la semana que viene.
Gracias!
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viernes 29 de mayo de 2009
domingo 24 de mayo de 2009
El fin del sueño

La foto corresponde al ganador de la categoría mosquetero ayer en el Campeonato Mundial de Barbas y Bigotes. El podio lo formaron dos alemanes y un inglés, los tres anteriores campeones de la especialidad. Antes de subir al escenario ya tuve claro que no tenía nada que hacer, pues aun cuando mi barba era quizás la más impresionante de las trece presentes, mi bigote no tenía ni mucho menos la densidad necesaria por impresionar los jueces. Es lo que pasa tras un año recortándolo cada vez que sentía que podía morder los pelos más largos.
Desconozco mi clasificación final porque los jueces no revelaron en ningún momento las puntuaciones ni los criterios tenidos en cuenta, en una decisión que causó malestar entre muchos participantes. La rabia y el disgusto hicieron que no pudiera disfrutar como es debido de esta gran fiesta de vellosidad facial en que los espectadores y los camaradas me mostraron en todo momento su apoyo y simpatía. Definitivamente, un acontecimiento que no se vive cada día.
Ahora, hace falta decidir si me tengo que afeitar o seguir creciendo de cara a Trondheim 2011, en Noruega. Y también empezar a pensar si sería posible organizar Barcelona 2015.
Mi imagen ha llegado a la prensa coreana, Yahoo! News y también a Antena 3 :{)>
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sábado 23 de mayo de 2009
Street Parade
Desfile por als calles de Anchorage el día antes del Mundial. Mucha gente. Soy el favorito del público. La bandera española me la impuso la organización. La prensa catalan habla de mi presencia.
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viernes 22 de mayo de 2009
lunes 18 de mayo de 2009
Into the Wild
Hasta el momento, el clima me ha sido extraordinariamente favorable, con días cálidos y soleados que podrían ser considerados perfectamente primaverales si no fuera porque la nieve es visible por todas partes. Hoy el sol también promete hacer acto de presencia, pero si vas al lecho antes de las once de la noche resulta imposible dormir hasta más allá de las seis o las siete y, a estas horas y en medio del bosque, hace un frío de puta madre. Con unas cuantas capas de ropa, botas de montaña y la barriga contenta gracias a las compras del día anterior, soy el primer visitante del día en el glaciar.

El camino que conduce hacia al campo de hielo es muy guapo, siempre picando hacia arriba entre riachuelos, puentes y un suelo cubierto de hojas caídas más propias del otoño que de la estación actual. Y la nieve, tan blanca y pura, una visión que siempre alegra el espíritu. Excepto, claro, en aquellas ocasiones en que a cada paso tu pierna se hunde hasta la cintura. Excepto, también, cuando las indicaciones del parque aseguran la presencia de banderas de color naranja señalizando el camino pero éstas no aparecen en ninguna parte. Excepto, por último, cuando la única manera de guiarse es seguir las huellas que alguien ha dejado antes que tú para descubrir que te conducen a un punto muerto. Entonces, la nieve es una puta mierda.

Nada más salir de Anchorage, sentí sobre el brazo que el mordisco del sol era más fuerte de lo que resulta prudente y que, tonto de mí, había dejado el protector solar en casa de Matt. Ahora, todo y tener la cara cubierta con una gorra, gafas de sol y bufanda, siento como mi rostro se va tostando lentamente y todo indica que pronto deberé renovar la piel de mi nariz.
Harto de hundirme y con los pies ya blandos de tanta mojadera, decido hacer la mía y marcho hacia una zona dónde la nieve no se presenta lisa sino extremadamente removida, como si fuera el resultado de un alud. Mi idea es que quizás ésta sea más fácil de andar que la otra. Y así resulta, de forma que puedo adelantar a buen ritmo hacia arriba de la montaña. Claro que no sé demasiado bien dónde me dirijo, pero esto lo iré viendo sobre la marcha.

Llega un punto en que la pendiente es tan pronunciada que no me permite seguir adelante, y la única salida posible parece desplazarme un poco a la derecha y escalar unas rocas húmedas y llenas de musgo. No son firmes en absoluto, pero hay ramas por doquier que facilitan la ascensión en cierta medida. El problema, pero, llega en el preciso instante en que las ramas y la roca ceden simultáneamente bajo mi peso, precipitándome en una caída de cinco metros que hace que la nieve se hunda al recibirme por dar paso a un rocoso riachuelo. Muy bien, colega, hasta aquí ha llegado la aventura si es que la próxima vez no quieres jugarte el cuello.
Ahora debo encontrar la manera de volver a la nieve transitable por otra vía, puesto que bajar por las mismas paredes que me han conducido aquí es garantía de desastre y asistencia hospitalaria en helicóptero. Algunas caídas después, a las cuales hay que añadir un par de resbalones preocupantes y tres pequeños aludes, me encuentro de nuevo en zona segura. Sonrío alegremente y me felicito a mi mismo a la vez que descubro con el rabillo del ojo una inmensa bola negra a mi izquierda que hace un momento no estaba ahí. No emite el menor asomo de ruido, pero no puede ser una roca pues su textura parece más bien vellosa. De pronto levanta la cabeza, husmea algo, y la baja de nuevo para seguir comiendo hierba. Un oso. Negro. De aquellos que si te atacan los debes enfrentar porque son agresivos. Y yo he perdido el bastón de defensa que me ha acompañado todo el camino en la primera caída. Y la bestia se encuentra sólo a diez metros. Saco la cámara, pero si no mira la foto no vale un pepino, así que lo llamo a gritos, y una y otra vez, pero pasa de mí. Lo más fuerte es que se encuentra justamente en el mismo lugar que yo pisaba exactamente veinte minutos antes, en el inicio de mi escalada suicida.


Da media vuelta y se aleja, y yo emprendo el regreso con el triste convencimiento que nunca podré ser fotógrafo de National Geographic, uno de los mejores trabajos que existen. Ciertamente no he llegado al campo de hielo, pero puedo ver la parte superior de la cresta del glaciar, y entre la nieve que se hunde, las paredes que ceden y los osos que se hacen los locos parece que esto es recompensa más que suficiente.


Todo el camino de subida lo he pasado pensando que la bajada la haría dewslizándome como me enseñaron los niños de Seward y que sería una fiesta, pero cuando ejecuto el movimiento especial y salto adelante para emprender la marcha todo lo que consigo es caer de culo, y duele. Definitivamente, necesito un par de lecciones sobre los diferentes tipos de nieve y la forma de negociarlos. Repito el bote unas cuantas veces más y en algunas ocasiones sí puedo deslizarme, dependiendo de la superficie, pero el resultado general es que mi cóccix sale bastante perjudicado. Todavía así, el descenso resulta muy rápido, sobre todo si te has de ir girando por miedo de tener un oso en tu persecución.

A medio camino me cruzo con una señora de facciones asiáticas que confiesa haberse perdido también, y que ha llegado hasta aquí siguiendo mis huellas. La informo de mi avistamiento de un úrsido y parece bastante preocupada. Continúo bajando y ella observa con interés mi maniobra a medio camino entre el deslizamiento y el arrastrarse sobre el culo impulsándose con las manos.

De nuevo en el centro de información, agotado, mojadísimo y crujido, contemplo con envidia las fotos que muestran el final del camino, desde donde se puede contemplar un mar de hielo infinito que se extiende en todas direcciones. Maldita nieve y malditos guardabosques que no saben señalizar como corresponde. Llego a la tienda y me estiro a dormir en pelotas, porque el mediodía ya ha pasado y el día es bonito y cálido. Algo recuperado, desmonto el campamento y topo con el rancio de la noche anterior, que ha intentado hacer lo mismo que yo con idéntico resultado, y también con un tío que acaba de llegar en bici desde Anchorage. Este pelirrojo sonríe amistosamente en un gesto de complicidad entre su interesante barba de dos puntas y mi estilete de color marrón cobrizo. Antes de separarnos, me regala la que tiene que ser la frase del viaje. Have an awesome life. It looks like you are having a good job, though. Gracias, procuraré que siempre sea así.


La próxima parada es el Resurrection River Trail, un recorrido de dieciséis millas que según el centro de información se hace en ocho horas y son fáciles. El rótulo explicativo que hay a la entrada del camino indica precisamente todo lo contrario, pero no le hago demasiado caso porque yo ya lo tengo todo en la cabeza. Desgraciadamente todo lo que dice es cierto, y la vía está llena de placas de hielo, nieve traidora, riachuelos, barro y terreno inestable. El paisaje es bello, sí, pero resulta demasiado complicado progresar, sobre todo con un exceso de carga que castiga de mala manera unas espaldas que nunca han sido nada poderosas. Repaso mentalmente los objetos que llevo dentro la mochila y me pregunto con curiosidad cómo puedo haber cogido cuatro camisetas si sólo con dos voy más que servido. El sombrero, la linterna, el neceser, el jersey de colorines, los tejanos, los pantalones de correr... Quizás si el clima no hubiera sido tan fantástico las cosas serían diferentes, pero las ganas de hacer una hoguera ahora mismo con todo esto son brutales.

La situación se empieza a poner fea cuando al cabo de una hora el camino desaparece al llegar a un río de unos cuatro metros de anchura. La única manera de atravesarlo es haciéndolo por encima de un árbol caído. Esto no es ningún problema sin peso encima, pero no tengo nada claro que pueda mantener el equilibrio con la mochila a cuestas. Tras mucho rato buscando alternativas, veo que no hay ninguna otra salida y no estoy para nada dispuesto a dejar dos caminos sin terminar en un mismo día, así que hago de tripas corazón y consigo cruzar.


El rótulo anunciaba una densidad de osos relativamente alta, y aconsejaba hacer ruido para llamarles la atención. Cuando se viaja en pareja no hay problema, pues todo es cuestión de charlar con el compañero, pero yo estoy solr y no tengo por costumbre hablar conmigo mismo en voz alta, y todo lo que se me ocurre es ir repitiendo el grito de los huasos, una especie de campesinos locos chilenos. Uyuyyyyyyyy! Uyuyyyyyyyy!

La cosa sigue igual, sólo que tras tanto rato entre nieve, barro y agua, vuelvo a tener los pies mojados, y como en la mañana ya he empapado las botas esto quiere decir que estoy bien jodido para el día siguiente. Me permito un ligero descanso y, sentado sobre un tronco contemplo una ardilla traviesa que mira con especial interés mi mochila mientras escucho el constante rumor de tráfico en una carretera cercana sin entender bien de dónde puede venir. AL fin, una iluminación me hace entender que el ruido que oigo no es producto de los coches sino del río que corre a la izquierda del camino. Qué desgracia haber crecido en una jungla de cemento.

Otra hora y media de marcha me presenta una sorpresa como el anterior, sólo que peor, porque ahora el río tiene un ancho de ocho metros, no se puede ver el fondo y baja con mucha más fuerza. Hago todo lo posible para tratar de encontrar una alternativa, y lo único que soy capaz de ver es un puente roto en el otro margen. Debo cruzar, pues? Cómo coño pretenden que lo haga? Deshago el camino pensando que quizás había un desvío y no lo he sabido ver, pero no, esta playa rocosa debe ser mi destino final, pues las huellas de la gente que ha emprendido el camino un día antes así lo confirman. Busco troncos y puentes, y pienso y medito, pero realmente no hay manera de superar este río.
Son las ocho pasadas, demasiado tarde como para emprender el regreso. Deberé dormir aquí, en una gris playa llena de rocas y árboles muertos, con la absoluta certeza que los únicos seres vivos en muchos quilómetros a la redonda andan sobre cuatro patas. Tarareo Mai trobarás, una de aquellas canciones que tienen la capacidad de ponerme triate y emotivo, y la desesperación se apodera de mí como si fuera un niño pequeño. Estoy solo y aislado como no lo he estado a la vida, y el bosque está lleno de osos y lobos. En los dos lados noto los ojos húmedos y las lágrimas hacen acto de presencia, pero me fuerzo a recuperar la compostura o ya no habrá nada que me pueda hacer dejar de llorar.

Instalo la tienda y busco una manera de colgar mi comida en una rama alta, pero de ninguna de las maneras conseguiré alcanzar un punto al cual un oso no sea capaz de llegar. No muy lejos, pero, hay una caja de madera que no quiero saber por qué puede haber sido dejada allí pero me ofrece un interesante refugio. Guardo la comida olorosa dentro tras la que puede ser mi última cena y la protejo con rocas de forma que mi valioso tesoro no sea tan fácil de robar. El sol se esconde tras la montaña y la temperatura empieza a bajar dramáticamente, en parte por culpa del río, que baja con un terrible aliento gélido de las nieves de las alturas.

Alrededor de la tienda encuentro una rama bien firme y puntiaguda, y me loa llevo para adentro tras comprobar que la puedo manejar con agilidad en caso que llegue la hora de utilizarla como última defensa. Desnudo y con ganas de mear, no quiero saber nada ya del mundo exterior hasta que el sol no me brinde de nuevo su protección, pues las horas de oscuridad no son para pasarlas solo en una montaña, de modo que encuentro una incómoda postura que me permite cambiar el agua del canario sin tener que abandonar mi refugio. Es alucinante la cantidad de ruidos que uno puede sentir en estas circunstancias, y las causas que les puede atribuir. Para terminarlo de arreglar, se me ocurre que para regresar a la carretera deberé cruzar nuevamente el tronco-puente, y que quizás no seré capaz de superar la prueba una segunda vez.
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La señal de advertencia mola tanto que casi me entran ganes de tirarme por el barranco
El camino que conduce hacia al campo de hielo es muy guapo, siempre picando hacia arriba entre riachuelos, puentes y un suelo cubierto de hojas caídas más propias del otoño que de la estación actual. Y la nieve, tan blanca y pura, una visión que siempre alegra el espíritu. Excepto, claro, en aquellas ocasiones en que a cada paso tu pierna se hunde hasta la cintura. Excepto, también, cuando las indicaciones del parque aseguran la presencia de banderas de color naranja señalizando el camino pero éstas no aparecen en ninguna parte. Excepto, por último, cuando la única manera de guiarse es seguir las huellas que alguien ha dejado antes que tú para descubrir que te conducen a un punto muerto. Entonces, la nieve es una puta mierda.
En primer plano, el poderoso bastón que me ayuda en la ascensión y me protege de los salvajes osos
Nada más salir de Anchorage, sentí sobre el brazo que el mordisco del sol era más fuerte de lo que resulta prudente y que, tonto de mí, había dejado el protector solar en casa de Matt. Ahora, todo y tener la cara cubierta con una gorra, gafas de sol y bufanda, siento como mi rostro se va tostando lentamente y todo indica que pronto deberé renovar la piel de mi nariz.
Harto de hundirme y con los pies ya blandos de tanta mojadera, decido hacer la mía y marcho hacia una zona dónde la nieve no se presenta lisa sino extremadamente removida, como si fuera el resultado de un alud. Mi idea es que quizás ésta sea más fácil de andar que la otra. Y así resulta, de forma que puedo adelantar a buen ritmo hacia arriba de la montaña. Claro que no sé demasiado bien dónde me dirijo, pero esto lo iré viendo sobre la marcha.
El valle hace ya rato que ha quedado atrás
Llega un punto en que la pendiente es tan pronunciada que no me permite seguir adelante, y la única salida posible parece desplazarme un poco a la derecha y escalar unas rocas húmedas y llenas de musgo. No son firmes en absoluto, pero hay ramas por doquier que facilitan la ascensión en cierta medida. El problema, pero, llega en el preciso instante en que las ramas y la roca ceden simultáneamente bajo mi peso, precipitándome en una caída de cinco metros que hace que la nieve se hunda al recibirme por dar paso a un rocoso riachuelo. Muy bien, colega, hasta aquí ha llegado la aventura si es que la próxima vez no quieres jugarte el cuello.
Ahora debo encontrar la manera de volver a la nieve transitable por otra vía, puesto que bajar por las mismas paredes que me han conducido aquí es garantía de desastre y asistencia hospitalaria en helicóptero. Algunas caídas después, a las cuales hay que añadir un par de resbalones preocupantes y tres pequeños aludes, me encuentro de nuevo en zona segura. Sonrío alegremente y me felicito a mi mismo a la vez que descubro con el rabillo del ojo una inmensa bola negra a mi izquierda que hace un momento no estaba ahí. No emite el menor asomo de ruido, pero no puede ser una roca pues su textura parece más bien vellosa. De pronto levanta la cabeza, husmea algo, y la baja de nuevo para seguir comiendo hierba. Un oso. Negro. De aquellos que si te atacan los debes enfrentar porque son agresivos. Y yo he perdido el bastón de defensa que me ha acompañado todo el camino en la primera caída. Y la bestia se encuentra sólo a diez metros. Saco la cámara, pero si no mira la foto no vale un pepino, así que lo llamo a gritos, y una y otra vez, pero pasa de mí. Lo más fuerte es que se encuentra justamente en el mismo lugar que yo pisaba exactamente veinte minutos antes, en el inicio de mi escalada suicida.
Una roca negra llena de pelos?
En busca de más comida
Da media vuelta y se aleja, y yo emprendo el regreso con el triste convencimiento que nunca podré ser fotógrafo de National Geographic, uno de los mejores trabajos que existen. Ciertamente no he llegado al campo de hielo, pero puedo ver la parte superior de la cresta del glaciar, y entre la nieve que se hunde, las paredes que ceden y los osos que se hacen los locos parece que esto es recompensa más que suficiente.
Por allí arriba queda el Campo de Hielo
Todo el camino de subida lo he pasado pensando que la bajada la haría dewslizándome como me enseñaron los niños de Seward y que sería una fiesta, pero cuando ejecuto el movimiento especial y salto adelante para emprender la marcha todo lo que consigo es caer de culo, y duele. Definitivamente, necesito un par de lecciones sobre los diferentes tipos de nieve y la forma de negociarlos. Repito el bote unas cuantas veces más y en algunas ocasiones sí puedo deslizarme, dependiendo de la superficie, pero el resultado general es que mi cóccix sale bastante perjudicado. Todavía así, el descenso resulta muy rápido, sobre todo si te has de ir girando por miedo de tener un oso en tu persecución.
A medio camino me cruzo con una señora de facciones asiáticas que confiesa haberse perdido también, y que ha llegado hasta aquí siguiendo mis huellas. La informo de mi avistamiento de un úrsido y parece bastante preocupada. Continúo bajando y ella observa con interés mi maniobra a medio camino entre el deslizamiento y el arrastrarse sobre el culo impulsándose con las manos.
No es precisamente la pista más practicable del mundo
De nuevo en el centro de información, agotado, mojadísimo y crujido, contemplo con envidia las fotos que muestran el final del camino, desde donde se puede contemplar un mar de hielo infinito que se extiende en todas direcciones. Maldita nieve y malditos guardabosques que no saben señalizar como corresponde. Llego a la tienda y me estiro a dormir en pelotas, porque el mediodía ya ha pasado y el día es bonito y cálido. Algo recuperado, desmonto el campamento y topo con el rancio de la noche anterior, que ha intentado hacer lo mismo que yo con idéntico resultado, y también con un tío que acaba de llegar en bici desde Anchorage. Este pelirrojo sonríe amistosamente en un gesto de complicidad entre su interesante barba de dos puntas y mi estilete de color marrón cobrizo. Antes de separarnos, me regala la que tiene que ser la frase del viaje. Have an awesome life. It looks like you are having a good job, though. Gracias, procuraré que siempre sea así.
La próxima parada es el Resurrection River Trail, un recorrido de dieciséis millas que según el centro de información se hace en ocho horas y son fáciles. El rótulo explicativo que hay a la entrada del camino indica precisamente todo lo contrario, pero no le hago demasiado caso porque yo ya lo tengo todo en la cabeza. Desgraciadamente todo lo que dice es cierto, y la vía está llena de placas de hielo, nieve traidora, riachuelos, barro y terreno inestable. El paisaje es bello, sí, pero resulta demasiado complicado progresar, sobre todo con un exceso de carga que castiga de mala manera unas espaldas que nunca han sido nada poderosas. Repaso mentalmente los objetos que llevo dentro la mochila y me pregunto con curiosidad cómo puedo haber cogido cuatro camisetas si sólo con dos voy más que servido. El sombrero, la linterna, el neceser, el jersey de colorines, los tejanos, los pantalones de correr... Quizás si el clima no hubiera sido tan fantástico las cosas serían diferentes, pero las ganas de hacer una hoguera ahora mismo con todo esto son brutales.
La situación se empieza a poner fea cuando al cabo de una hora el camino desaparece al llegar a un río de unos cuatro metros de anchura. La única manera de atravesarlo es haciéndolo por encima de un árbol caído. Esto no es ningún problema sin peso encima, pero no tengo nada claro que pueda mantener el equilibrio con la mochila a cuestas. Tras mucho rato buscando alternativas, veo que no hay ninguna otra salida y no estoy para nada dispuesto a dejar dos caminos sin terminar en un mismo día, así que hago de tripas corazón y consigo cruzar.
Éstos son los puentes del siglo XXI
El rótulo anunciaba una densidad de osos relativamente alta, y aconsejaba hacer ruido para llamarles la atención. Cuando se viaja en pareja no hay problema, pues todo es cuestión de charlar con el compañero, pero yo estoy solr y no tengo por costumbre hablar conmigo mismo en voz alta, y todo lo que se me ocurre es ir repitiendo el grito de los huasos, una especie de campesinos locos chilenos. Uyuyyyyyyyy! Uyuyyyyyyyy!
La cosa sigue igual, sólo que tras tanto rato entre nieve, barro y agua, vuelvo a tener los pies mojados, y como en la mañana ya he empapado las botas esto quiere decir que estoy bien jodido para el día siguiente. Me permito un ligero descanso y, sentado sobre un tronco contemplo una ardilla traviesa que mira con especial interés mi mochila mientras escucho el constante rumor de tráfico en una carretera cercana sin entender bien de dónde puede venir. AL fin, una iluminación me hace entender que el ruido que oigo no es producto de los coches sino del río que corre a la izquierda del camino. Qué desgracia haber crecido en una jungla de cemento.
Sin duda, la obra de un malvado grupo de castores, criaturas de una vileza difícilmente igualable
Otra hora y media de marcha me presenta una sorpresa como el anterior, sólo que peor, porque ahora el río tiene un ancho de ocho metros, no se puede ver el fondo y baja con mucha más fuerza. Hago todo lo posible para tratar de encontrar una alternativa, y lo único que soy capaz de ver es un puente roto en el otro margen. Debo cruzar, pues? Cómo coño pretenden que lo haga? Deshago el camino pensando que quizás había un desvío y no lo he sabido ver, pero no, esta playa rocosa debe ser mi destino final, pues las huellas de la gente que ha emprendido el camino un día antes así lo confirman. Busco troncos y puentes, y pienso y medito, pero realmente no hay manera de superar este río.
Son las ocho pasadas, demasiado tarde como para emprender el regreso. Deberé dormir aquí, en una gris playa llena de rocas y árboles muertos, con la absoluta certeza que los únicos seres vivos en muchos quilómetros a la redonda andan sobre cuatro patas. Tarareo Mai trobarás, una de aquellas canciones que tienen la capacidad de ponerme triate y emotivo, y la desesperación se apodera de mí como si fuera un niño pequeño. Estoy solo y aislado como no lo he estado a la vida, y el bosque está lleno de osos y lobos. En los dos lados noto los ojos húmedos y las lágrimas hacen acto de presencia, pero me fuerzo a recuperar la compostura o ya no habrá nada que me pueda hacer dejar de llorar.
Qué bestia inhumana puede haber hecho esto?
Instalo la tienda y busco una manera de colgar mi comida en una rama alta, pero de ninguna de las maneras conseguiré alcanzar un punto al cual un oso no sea capaz de llegar. No muy lejos, pero, hay una caja de madera que no quiero saber por qué puede haber sido dejada allí pero me ofrece un interesante refugio. Guardo la comida olorosa dentro tras la que puede ser mi última cena y la protejo con rocas de forma que mi valioso tesoro no sea tan fácil de robar. El sol se esconde tras la montaña y la temperatura empieza a bajar dramáticamente, en parte por culpa del río, que baja con un terrible aliento gélido de las nieves de las alturas.
Bienvenidos al campamento base
Alrededor de la tienda encuentro una rama bien firme y puntiaguda, y me loa llevo para adentro tras comprobar que la puedo manejar con agilidad en caso que llegue la hora de utilizarla como última defensa. Desnudo y con ganas de mear, no quiero saber nada ya del mundo exterior hasta que el sol no me brinde de nuevo su protección, pues las horas de oscuridad no son para pasarlas solo en una montaña, de modo que encuentro una incómoda postura que me permite cambiar el agua del canario sin tener que abandonar mi refugio. Es alucinante la cantidad de ruidos que uno puede sentir en estas circunstancias, y las causas que les puede atribuir. Para terminarlo de arreglar, se me ocurre que para regresar a la carretera deberé cruzar nuevamente el tronco-puente, y que quizás no seré capaz de superar la prueba una segunda vez.
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domingo 17 de mayo de 2009
Kenai Fjords National Park
El despertador suena antes de las siete. Me pongo la misma ropa apestosa de los días precedentes y recojo mis cosas en un abrir y cerrar de ojos. Y ahora, qué? Siendo domingo, yo creo que me puedo permitir un pequeño lujo y me acerco a una cafetería próxima a desayunar un bagel con queso fresco instalado en un cómodo sofá con una rápida conexión a internet. Concentrado en la agotadora tarea de poner el blog al día, alguien se acerca a mí. Hey, shouldn't you be working on your moustache championship? Totalmente sorprendido, descubro la cara de la chica femenina de la sauna nudista. En Chile me empecé a sentir como en casa la primera vez que encontré alguien conocido por la calle. En Alaska, no he necesitado ni cuatro días.
Charlamos un rato, es una tía muy agradable y me ofrece ir a desayunar a casa de unos amigos. Increíblemente, declino la propuesta porque quiero terminar lo que tengo entre manos. Me pregunta qué he estado haciendo, me felicita por mi inglés mientras se atreve con algunas frases en español aprendidas en la escuela, y pregunta si he visto ballenas. Oh, sí, el otro día en un tour que... No, que si quiero oír un chiste sobre ballenas. Ah, claro que sí, mujer, adelante. Siempre me pasa, contesto aunque no esté seguro de haber entendido bien la pregunta. O lo que es peor, directamente lo entiendo mal y contesto según lo que mi cabeza ha interpretado. El verano pasado, estando en California con Carolina, hasta cinco veces respondí From Spain a preguntas que nada no tenían que ver con mi lugar de origen. Antes de despedirse, Keyla me aconseja un lugar próximo que es bien guapo y me da sus datos para ir juntos a un festival musical justo antes del Mundial. Qué tía más guay, y mientras se dirige hacia la puerta, no puedo dejar de pensar que ya la he visto desnuda.




Publico el artículo de la sauna y me dirijo a Lowell Point, siguiendo la recomendación de esta moza. Bajo un cielo tan azul, las águilas sobrevuelan mi cabeza cada cierto tiempo, en un espectáculo magnífico que nunca me cansaría de contemplar. Una hora de camino por una polvorienta carretera costera y un bosque nevado desemboca en un espectacular terreno de larga hierba amarillenta y árboles desnudos y muertes, que contrasta fuertemente con el mar que se extiende a un lado y los frondosos bosques que lo hacen al otro. La historia de este lugar es que un poderoso terremoto provocó un derrumbamiento del terreno en el año 1964, sometiendo a la venenosa agua salada las raíces arbóreas presentes. De propina, el tsunami consiguiente destruyó gran parte de la ciudad.



Retomando mis planes originales, vuelvo atrás y levanto el dedo con tanta fortuna que el primer coche que pasa se para y me deja en las afueras de la ciudad, dónde sí hay un supermercado. Los precios son absolutamente escandalosos, dos manzanas por tres dólares, una bolsa grande de patatas fritas por cinco, un botella de un litro de agua a dos billetes... A golpe de ofertas, gasto diez dólares en pan de molde, queso fresco, mortadela y plátanos, y lleno el estómago gracias a un expositor de cacahuetes bañados en chocolate que debes poner en un bolsa pero nadie controla si te los comes allí mismo. Preparo un bocadillo sentado en medio del aparcamiento como un auténtico vagabundo, y autoestopeo de nuevo con facilidad gracias a un ecologista que estuvo en Barcelona durante los Juegos Olímpicos.

Ya dentro del Kenai Fjords National Park, el monumental Exit Glacier dispone de una zona de acampada gratuita, como debe de ser. De doce plazas existentes, yo soy el único ocupante, y una vez instalado marcho hacia la montaña con la intención de subir el camino de seis horas que desemboca en el Harding Icefield (Camp de Hielo Harding). En un primer momento, dejo el portátil en el campamento, pero después vuelvo a buscarlo puesto que, pese a estar convencido que nadie registrará mi tienda, sé que no podré dejar de pensar en el tema. Ya en la montaña descubro que, desgraciadamente, calzo las zapatillas de correr y la vía está llena de nieve por todos lados, por lo que debo renunciar cuando los calcetines empiezan a estar demasiado mojados. Paso la tarde contemplando el glaciar y sus perfectamente apreciables morrenas, el cúmulo de piedras y barro acumulado al triturar la montaña que se acumula en los flancos y al frente de los glaciares. Nunca había visto una prueba tan clara del retroceso de estos monstruos de hielo.



Se hace tarde y vuelvo al camping para escribir algo y cenar antes de ir a dormir. En la caseta hermética a prueba de osos hay alguien más, pero ni siquiera levanta la vista cuando paso ante él. Se confirma su ranciedad al sentarme detrás suyo, pues no deja pasar un minuto antes de levantarse para abandonar la zona. Buenas noches, hijo de puta.
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Charlamos un rato, es una tía muy agradable y me ofrece ir a desayunar a casa de unos amigos. Increíblemente, declino la propuesta porque quiero terminar lo que tengo entre manos. Me pregunta qué he estado haciendo, me felicita por mi inglés mientras se atreve con algunas frases en español aprendidas en la escuela, y pregunta si he visto ballenas. Oh, sí, el otro día en un tour que... No, que si quiero oír un chiste sobre ballenas. Ah, claro que sí, mujer, adelante. Siempre me pasa, contesto aunque no esté seguro de haber entendido bien la pregunta. O lo que es peor, directamente lo entiendo mal y contesto según lo que mi cabeza ha interpretado. El verano pasado, estando en California con Carolina, hasta cinco veces respondí From Spain a preguntas que nada no tenían que ver con mi lugar de origen. Antes de despedirse, Keyla me aconseja un lugar próximo que es bien guapo y me da sus datos para ir juntos a un festival musical justo antes del Mundial. Qué tía más guay, y mientras se dirige hacia la puerta, no puedo dejar de pensar que ya la he visto desnuda.
WATER-TAXI, per si la marea canvia abans de tornar a casa
Publico el artículo de la sauna y me dirijo a Lowell Point, siguiendo la recomendación de esta moza. Bajo un cielo tan azul, las águilas sobrevuelan mi cabeza cada cierto tiempo, en un espectáculo magnífico que nunca me cansaría de contemplar. Una hora de camino por una polvorienta carretera costera y un bosque nevado desemboca en un espectacular terreno de larga hierba amarillenta y árboles desnudos y muertes, que contrasta fuertemente con el mar que se extiende a un lado y los frondosos bosques que lo hacen al otro. La historia de este lugar es que un poderoso terremoto provocó un derrumbamiento del terreno en el año 1964, sometiendo a la venenosa agua salada las raíces arbóreas presentes. De propina, el tsunami consiguiente destruyó gran parte de la ciudad.
Retomando mis planes originales, vuelvo atrás y levanto el dedo con tanta fortuna que el primer coche que pasa se para y me deja en las afueras de la ciudad, dónde sí hay un supermercado. Los precios son absolutamente escandalosos, dos manzanas por tres dólares, una bolsa grande de patatas fritas por cinco, un botella de un litro de agua a dos billetes... A golpe de ofertas, gasto diez dólares en pan de molde, queso fresco, mortadela y plátanos, y lleno el estómago gracias a un expositor de cacahuetes bañados en chocolate que debes poner en un bolsa pero nadie controla si te los comes allí mismo. Preparo un bocadillo sentado en medio del aparcamiento como un auténtico vagabundo, y autoestopeo de nuevo con facilidad gracias a un ecologista que estuvo en Barcelona durante los Juegos Olímpicos.
Ya dentro del Kenai Fjords National Park, el monumental Exit Glacier dispone de una zona de acampada gratuita, como debe de ser. De doce plazas existentes, yo soy el único ocupante, y una vez instalado marcho hacia la montaña con la intención de subir el camino de seis horas que desemboca en el Harding Icefield (Camp de Hielo Harding). En un primer momento, dejo el portátil en el campamento, pero después vuelvo a buscarlo puesto que, pese a estar convencido que nadie registrará mi tienda, sé que no podré dejar de pensar en el tema. Ya en la montaña descubro que, desgraciadamente, calzo las zapatillas de correr y la vía está llena de nieve por todos lados, por lo que debo renunciar cuando los calcetines empiezan a estar demasiado mojados. Paso la tarde contemplando el glaciar y sus perfectamente apreciables morrenas, el cúmulo de piedras y barro acumulado al triturar la montaña que se acumula en los flancos y al frente de los glaciares. Nunca había visto una prueba tan clara del retroceso de estos monstruos de hielo.
Las montañitas que hay frente al glaciar son la morrena
Se hace tarde y vuelvo al camping para escribir algo y cenar antes de ir a dormir. En la caseta hermética a prueba de osos hay alguien más, pero ni siquiera levanta la vista cuando paso ante él. Se confirma su ranciedad al sentarme detrás suyo, pues no deja pasar un minuto antes de levantarse para abandonar la zona. Buenas noches, hijo de puta.
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viernes 15 de mayo de 2009
¡Por allí resopla!
La ciudad de Seward es el puerto que originalmente utilizaron los mineros en la época de la fiebre del oro para acceder a la remota Alaska, puesto que mientras el resto de la costa estatal se ve expuesta a la furia del Océano Pacífico sus aguas se encuentran protegidas por la tranquila y resguardada Resurrection Bay. Esta bahía también destaca por la belleza de los paisajes que ofrece, glaciares y montañas nevadas hasta dónde llega la vista; así como una gran variedad de vida marina, desde leones hasta ballenas. Mi guía asegura que un tour por estas aguas es una de las mejores opciones turísticas de la región, así pues me despejo bien pronto para salir en busca de la opción más barata mientras desayuno mi última manzana para dar algo de variedad a mi económica dieta de cereales, galletas de cereales y barras de cereales.

Una vez más, mis planes se ven frustrados por haber viajado demasiado pronto, y es que los tours todavía no llegan hasta el lejano Northwestern Glacier, la vista más espectacular de todas según mi autor de cabecera. A cambio, pero, consigo un descuento del veinte por ciento, que no es poca cosa en una tierra en qué desplumar turistas es casi un deporte nacional. El puerto no ofrece demasiada variedad de lugares a la hora de alimentarse, y los precios son exorbitantes. Tres dólares por uno cruasán... Tampoco hay nada similar a un supermercado, y me acerco a una tienda de ropa y complementos marinos a perder algo el tiempo. Una decisión de lo más acertada, pues me permite descubrir la mayor oferta que se pueda encontrar en el país entero. Un paquete de cereales de la marca no-te-fijes, que típicamente tiene un coste alrededor de los cuatro dólares, sólo por ochenta y cinco céntimos puesto que está caducado desde hace dos meses. Qué lugar tan maravilloso, ojalá en mi casa también vendieran alimentos vencidos, los compraría todos.
Recojo el campamento y vuelvo a la oficina de la agencia turística para conectarme un pequeño instante a internet y dejar la mochila, pues pesa un cojón y estoy harto de cargarla. La barca, de dos pisos, está llena de chinos y viejos. La única gente de mi edad son dos chicas que se sientan en la mesa de enfrente. La que tengo de cara es muy linda, pero no malgasta un solo minuto de su tiempo en mirarme. Por muchas horas que haya reposado durante la noche, dormir es siempre mi actividad principal cuando entro en un vehículo en movimiento, pero en este caso hago un esfuerzo supremo por amortizar lo que he pagado y contemplar estos paisajes que se prometen tan magníficos.



Y ciertamente lo son. Un guardabosques retirado se encarga de los comentarios y, además de ofrecer información de calidad y muy detallada, avisa de toda la fauna salvaje que tenemos a la vista. Águilas, delfines, orcas asesinas, focas, leones marinos e, incluso, ballenas. Tras verlas por primera vez, éstas se sumergen, y la barca permanece con los motores apagados mientras todos los pasajeros hacemos silencio a la espera de una reaparición que puede tardar veinte minutos en llegar desde cualquier lado. De pronto, el ruido de un cuerpo emergiendo y una columna de agua que se eleva más de un metro sobre la superficie con el sonido tan característico que tiene el surtidor de un cetáceo. Una escena impagable.

La visita también incluye el acercamiento a un glaciar que desemboca en el mar. Maravilloso, sin duda, pero no tanto como las masas de hielo de la Patagonia, las más grandes del planeta. La principal diferencia, sobre todo, es que ésta está muy calmada y no se producen grandes desprendimientos de hielo, con la pérdida del espectáculo visual y sonoro que esto comporta. Nuevamente, compruebo la ineptitud y poca dedicación de la gente cuando les pides que te tomen una foto. Lo intento con multitud de pasajeros y no consigo una sola imagen decente. Hijos de puta, si os digo que no quiero que salga nadie más esto también incluye a vuestra madre, hermana o amiga.



A la hora de adquirir el tour existía la posibilidad de pagar diecinueve dólares más (y sus correspondientes impuestos) para disfrutar de un bufete libre de ensaladas, carne y salmón. El menú es ciertamente tentador, pero no el precio, y menos tras haber comprado los cereales. Normalmente puedo aguantar el hambre sin problemas, pero el delicioso aroma que se apodera del barco una vez empiezan a servir platos me vuelve loco. Cualquier que vea los ojos con que miro la comida pensará que llevo una semana sin haber tragado nada. No puedo parar de meditar alguna manera de conseguir un plato por la cara. Robar el papel verde a alguien? Pedir a algún pasajero que haga el favor de llenarme un plato? Anuncian que en cinco minutos cerrarán el tenderete y ya nadie se levanta a por más. Sólo queda un camarero. Me acerco y, directamente, le pido si podría servirme comida aunque no he pagado por hacerlo. Sonrío con cara de inocencia. Dice que no puede. Me encojo de hombros. No has traída comida?, me pregunta. Sí, cereales... Detecta un acento extraño e inquiere por mi lugar de origen. Barcelona. Oh, really!? Se pone a hablar del Barça y no sé qué de un equipo de Seattle. Lo tengo en el bote.
Dice que me sirva un plato pequeño, y para distraerlo algo le comento que he venido por el Mundial de Barbas y Bigotes. Se vuelve todavía más loco, pues lleva tiempo hablando del tema a sus amigos y se muere de ganas de verlo. Me sirvo la comida que me da la gana porque lo tengo bien engatusado; si le digo que me haga una mamada se tirará de cabeza, porque para ser fieles a la verdad hay que decir que pierde aceite en cantidades industriales y esto está jugando en mi favor. Prometo enviarle fotos del acontecimiento y casi se pone a llorar. Como yo, cuando pruebo esta comida tan caliente y espléndida.
La nave inicia el camino de vuelta y ahora sí que me pongo a dormir, mientras la rubia guapa hace lo mismo ante mí con la boca entreabierta. No puedo dejar de pensar que se vería mucho mejor con algo mío dentro de la cavidad bucal, y mi enterpierna dice que sí, pero el baño está ocupado y dejo el tema para una profunda meditación nocturna.
Siete horas y media después, estamos en el puerto de nuevo, y me dirijo a la oficina pensando que sería muy humillante que hubieran cerrado con mis cosas adentro. Evidentemente, así es, y debo volver al barco a buscar mi amigo para que me abra la puerta. No estoy dispuesto a pagar de nuevo por la zona de acampada municipal, así que me dedico a hacer tiempo esperando que sea de noche y nadie me vea instalar mi carpa. Entro en un hotel próximo y me acomodo en el salón de la recepción para cargar la batería de la cámara. Cuando la encargada descubre mi presencia, ya es demasiado tarde y no tiene otra salida que dejarme hacer.

El tiempo pasa, son casi las once, y ya no hay nadie más a la sala. La mujer se acerca y pregunta si soy nuevo a la ciudad. No, llegué ayer. Ah, y ya has encontrado trabajo? Río y le ahorro la incomodidad de echarme fuera abandonando el local aunque el proceso de carga todavía no se ha completado. Ya no hay vigilancia en el camping y planto la carpa sin molestarme en poner las estacas ni los vientos para poderla recoger con mayor celeridad el día siguiente por la mañana.
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Una vez más, mis planes se ven frustrados por haber viajado demasiado pronto, y es que los tours todavía no llegan hasta el lejano Northwestern Glacier, la vista más espectacular de todas según mi autor de cabecera. A cambio, pero, consigo un descuento del veinte por ciento, que no es poca cosa en una tierra en qué desplumar turistas es casi un deporte nacional. El puerto no ofrece demasiada variedad de lugares a la hora de alimentarse, y los precios son exorbitantes. Tres dólares por uno cruasán... Tampoco hay nada similar a un supermercado, y me acerco a una tienda de ropa y complementos marinos a perder algo el tiempo. Una decisión de lo más acertada, pues me permite descubrir la mayor oferta que se pueda encontrar en el país entero. Un paquete de cereales de la marca no-te-fijes, que típicamente tiene un coste alrededor de los cuatro dólares, sólo por ochenta y cinco céntimos puesto que está caducado desde hace dos meses. Qué lugar tan maravilloso, ojalá en mi casa también vendieran alimentos vencidos, los compraría todos.
Recojo el campamento y vuelvo a la oficina de la agencia turística para conectarme un pequeño instante a internet y dejar la mochila, pues pesa un cojón y estoy harto de cargarla. La barca, de dos pisos, está llena de chinos y viejos. La única gente de mi edad son dos chicas que se sientan en la mesa de enfrente. La que tengo de cara es muy linda, pero no malgasta un solo minuto de su tiempo en mirarme. Por muchas horas que haya reposado durante la noche, dormir es siempre mi actividad principal cuando entro en un vehículo en movimiento, pero en este caso hago un esfuerzo supremo por amortizar lo que he pagado y contemplar estos paisajes que se prometen tan magníficos.

Típico yanqui asquerosamente gordo

El mar es una balsa de aceite. Mola.

Y ciertamente lo son. Un guardabosques retirado se encarga de los comentarios y, además de ofrecer información de calidad y muy detallada, avisa de toda la fauna salvaje que tenemos a la vista. Águilas, delfines, orcas asesinas, focas, leones marinos e, incluso, ballenas. Tras verlas por primera vez, éstas se sumergen, y la barca permanece con los motores apagados mientras todos los pasajeros hacemos silencio a la espera de una reaparición que puede tardar veinte minutos en llegar desde cualquier lado. De pronto, el ruido de un cuerpo emergiendo y una columna de agua que se eleva más de un metro sobre la superficie con el sonido tan característico que tiene el surtidor de un cetáceo. Una escena impagable.

Killer whale!
La visita también incluye el acercamiento a un glaciar que desemboca en el mar. Maravilloso, sin duda, pero no tanto como las masas de hielo de la Patagonia, las más grandes del planeta. La principal diferencia, sobre todo, es que ésta está muy calmada y no se producen grandes desprendimientos de hielo, con la pérdida del espectáculo visual y sonoro que esto comporta. Nuevamente, compruebo la ineptitud y poca dedicación de la gente cuando les pides que te tomen una foto. Lo intento con multitud de pasajeros y no consigo una sola imagen decente. Hijos de puta, si os digo que no quiero que salga nadie más esto también incluye a vuestra madre, hermana o amiga.



A la hora de adquirir el tour existía la posibilidad de pagar diecinueve dólares más (y sus correspondientes impuestos) para disfrutar de un bufete libre de ensaladas, carne y salmón. El menú es ciertamente tentador, pero no el precio, y menos tras haber comprado los cereales. Normalmente puedo aguantar el hambre sin problemas, pero el delicioso aroma que se apodera del barco una vez empiezan a servir platos me vuelve loco. Cualquier que vea los ojos con que miro la comida pensará que llevo una semana sin haber tragado nada. No puedo parar de meditar alguna manera de conseguir un plato por la cara. Robar el papel verde a alguien? Pedir a algún pasajero que haga el favor de llenarme un plato? Anuncian que en cinco minutos cerrarán el tenderete y ya nadie se levanta a por más. Sólo queda un camarero. Me acerco y, directamente, le pido si podría servirme comida aunque no he pagado por hacerlo. Sonrío con cara de inocencia. Dice que no puede. Me encojo de hombros. No has traída comida?, me pregunta. Sí, cereales... Detecta un acento extraño e inquiere por mi lugar de origen. Barcelona. Oh, really!? Se pone a hablar del Barça y no sé qué de un equipo de Seattle. Lo tengo en el bote.
Dice que me sirva un plato pequeño, y para distraerlo algo le comento que he venido por el Mundial de Barbas y Bigotes. Se vuelve todavía más loco, pues lleva tiempo hablando del tema a sus amigos y se muere de ganas de verlo. Me sirvo la comida que me da la gana porque lo tengo bien engatusado; si le digo que me haga una mamada se tirará de cabeza, porque para ser fieles a la verdad hay que decir que pierde aceite en cantidades industriales y esto está jugando en mi favor. Prometo enviarle fotos del acontecimiento y casi se pone a llorar. Como yo, cuando pruebo esta comida tan caliente y espléndida.
La nave inicia el camino de vuelta y ahora sí que me pongo a dormir, mientras la rubia guapa hace lo mismo ante mí con la boca entreabierta. No puedo dejar de pensar que se vería mucho mejor con algo mío dentro de la cavidad bucal, y mi enterpierna dice que sí, pero el baño está ocupado y dejo el tema para una profunda meditación nocturna.
Siete horas y media después, estamos en el puerto de nuevo, y me dirijo a la oficina pensando que sería muy humillante que hubieran cerrado con mis cosas adentro. Evidentemente, así es, y debo volver al barco a buscar mi amigo para que me abra la puerta. No estoy dispuesto a pagar de nuevo por la zona de acampada municipal, así que me dedico a hacer tiempo esperando que sea de noche y nadie me vea instalar mi carpa. Entro en un hotel próximo y me acomodo en el salón de la recepción para cargar la batería de la cámara. Cuando la encargada descubre mi presencia, ya es demasiado tarde y no tiene otra salida que dejarme hacer.

Absurdísima máquina de refrescos en medio de la nada
El tiempo pasa, son casi las once, y ya no hay nadie más a la sala. La mujer se acerca y pregunta si soy nuevo a la ciudad. No, llegué ayer. Ah, y ya has encontrado trabajo? Río y le ahorro la incomodidad de echarme fuera abandonando el local aunque el proceso de carga todavía no se ha completado. Ya no hay vigilancia en el camping y planto la carpa sin molestarme en poner las estacas ni los vientos para poderla recoger con mayor celeridad el día siguiente por la mañana.
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