Cansado de chatear, bloguear y twittear cuando todavía restan tres horas para embarcar hacia New York. Este aeropuerto es tan extremadamente aburrido que lo único que puedo hacer es seguir pendiente de internet. Mentira. Una chica que se sienta a unos diez metros de mi posición dándome la espalda ya se ha girado demasiadas veces para cruzar miradas como para pensar que es casualidad. Pequeñita, como a mí me gustan, y de guapas facciones indígenas. En otras circunstancias no lo pensaría dos veces, pero la probabilidad que su destino final también sea Alaska es, sencillamente, cero. Así que opto por seguir entregado al autismo y me tiro a visionar How I met your mother desde el primer capítulo. Qué manera de reír y de animarme con los personajes. Es muy del estilo de la genial Friends, la comedia romántica hecha serie.
Y cuando finalmente llega la hora de dirigirse a la puerta del avión, me cago en la puta porque preferiría seguir viendo capítulos. Me siento en la ventanilla que da a la ala, y a mi lado se instala un colombiano que pasa de la cincuentena. Interrumpe mi lectura para preguntar hacia dónde me dirijo. Respondo con una razonable cantidad de detalles y le devuelvo las preguntas, pero la conversación no tiene el menor asomo de fluidez, por lo que vuelvo a mi revista. La inmensa máquina despega puntualmente y al cabo de un rato aparecen las azafatas con sus carros anunciando la llegada de la comida. Hace más de doce horas que no pego bocado. Pero la bandeja que sirven no viene nada cargada, y al destapar la protección de aluminio me desespero ante la visión de una ensalada compuesta por cuatro trozos de lechuga, uno de jamón y queso, y unos trocitos de mango. Lo saboreo con mucha lentitud y trato de consolarme pensando que antes de bajar nos darán desayuno.
La modernidad y la aeronáutica no avanzan en la dirección correcta. Mientras la industria piensa en construir máquinas más ligeras, rápidas y capacitadas para un mayor número de pasajeros, los asientos se van volviendo incómodas, bien poco reclinables y con una posición de reposo imposiblemente tiesa. De ahí que mi sueño no dure demasiado y me entretengo con una película mientras el avión atraviesa el Golfo de México. La luna se acerca a su plenitud y su reflejo plateado sobre la mar forma una bella imagen a mi izquierda. Resulta inevitable pensar en Carolina a medida que me acerco a la latitud de San Francisco y que esta posición elevada es lo más cerca de ella que estaré en mucho tiempo.
The Departed, la oscarizada película de Scorsese que protagonizan Leonardo DiCaprio, Matt Damon y Jack Nicholson trata de un policía infiltrado en la mafia y de un mafioso encubierto en el otro bando. La chica de los protagonistas me hace pensar en la última cuya piel desnuda he besado, y su imagen tumbada a mi lado sin ropa, con una dulce sonrisa en los labios, me distrae de la peli. Muy buena, en todo caso.
El capitán anuncia la inminente llegada al aeropuerto John Fitzgerald Kennedy pero la ventana sólo revela una espesa capa de niebla. De pronto, las ruedas impactan contra el suelo. Como se lo hacen los pilotos para aterrizar en estas condiciones? Son las 5:30 y no me han dado desayuno. Tengo HAMBRE. La cola para el control de inmigración es eterna, y todo lo que puedo hacer en esta larga sala amarilla de techo altísimo es contemplar las caras de la gente que me rodea. Observo con disgusto que un montón de judíos lucen su absurdo sombrero tradicional. Me caen mal, pero todavía peor es el concepto que tengo de los rabinos. Especialmente al comprobar que cualquiera de ellos tiene más pelo que yo en la barba. Afortunadamente, pero, es seguro que su religión los prohíbe participar en competiciones de vellosidad facial.
Recupero mi equipaje de las cintas transportadores y lo primero que veo es que mi paraguas transparente de gordos topos negros ya no tiene mango. Es una lástima perder un complemento tan llamativo, pero todo lo que suponga aligerar peso me hace bien. Rápidamente me hago a un lado por reorganizar los bolsos y trago un paquete de galletas de cereales antes de salir en busca del mostrador de Delta Airlines. No abren hasta las 7.30, así que me instalo detrás un cubo de basura a dormir, pues en el aeropuerto de la ciudad que se sienta en el centro del vórtice del capitalismo salvaje no hay conexiones gratuitas a internet, evidentemente.
Mi compañía aérea es el equivalente yanqui de Ryanair, y por esto debo pagar quince dólares por cada bolso facturado. Sin restricciones de medida ni forma, así que les entrego una masa grotesca formada por mochila, saco y tienda de campaña que obliga a la señora del mostrador a aguantarse las gafas de tanto que había levantado las cejas. Reclama una distribución más racional pero la informo que esto es imposible, y aquí se acaban mis trámites cuando todavía faltan cuatro horas para la partida.
En el bus que me lleva del terminal tres al cuatro me hago colega de un empleado de Delta Airlines que antes de separarnos me da unas tarjetas para consumir en el avión. Las miro con felicidad convencido que son la puerta hacia mi próximo ágape, pero sólo se pueden cambiar por cerveza, cocktail, auriculares o vino. Me dirijo a la zona de comida rápida esperando encontrar alguna bandeja con sobras pero el panorama es desolador. Aquí sí hay tiendas interesantes, como mínimo, y paso un largo rato cotilleando libros. No he comprado un solo libro desde que abandoné los Estados Unidos ahora ya hace ocho meses, y veo tantos que me gustan que la desgracia de no poderlos tener me hace olvidar el hambre por un momento. Por un momento, sólo, pues no puedo pensar en otra cosa que no sea robar chocolatinas o frutos secos. Es absurdamente fácil, pero el miedo a que me pillen y perder el vuelo es suficiente motivo por hacerme obrar con bondad.
Por lo tanto, mi situación es la siguiente: estómago vacío, bolsillo vacío, movilidad reducida por el gran volumen del maldito disfraz de mosquetero, y frío. Sí, frío, porque afuera está lloviendo y el cielo gris está cubierto por una espesa capa de nubes, pero el aire acondicionado funciona a plena potencia. La inmovilidad me desespera y doy vueltas por la sala como un animal enjaulado, ocasionalmente revolviendo alguna papelera y siempre atento a la gente que se levanta de las mesas por si dejan comida atrás. La visión del mostrador de Starbucks es una dulce tortura. Ah, estos muffins tan golosos y espectacularmente llenos de chocolate. Por fortuna, soy tan consciente de mi situación financiera como rematadamente miserable, y he conseguido controlar mi salivación, y al cabo del tiempo un se acostumbra al dolor estomacal que provoca el hambre.
De New York debo salir a las 13:45 para llegar a Cincinnati a las 16:00 y a las 16:40 embarcar en un vuelo camino de Salt Lake City, de modo que me cago en la puta cuando las pantallas del aeropuerto empiezan a anunciar retrasos en la llegada de mi avión. Para cuando subo, la salida anunciada es a las 14:20, dejándome sólo cinco minutos de margen para cambiar de nave en Cincinnati. Difícil. Una señora grande tiene la amabilidad de convertirlo en imposible cuando empieza a sufrir un patatús. Un equipo médico entra en el avión y no nos levantamos del suelo hasta hora y media después. Este vuelo tampoco incluye comida, con lo que lo mejor que puedo hacer es dormir.
Nada más abandonar la nave me certifican que es demasiado tarde y la mejor opción pasa por salir al día siguiente a las 8:55 hacia Seattle y de allí plantarme en Anchorage a las 16:10. A cambio de este retraso de dieciséis horas recibo vales por una noche de hotel y dos comidas. En mi famélico estado, la verdad, me parece un buen trato. Me dicen que debo llamar al hotel para que me vengan a recoger. Como es de suponer, no tengo la menor intención de buscar una cabina telefónica, y me lo hago venir bien para delegar la responsabilidad en un compañero de infortunio negro que tiene una Blackberry de las guapas entre manos. En una agradable tarde de primavera, el aeropuerto está de lo más tranquilo y el transporte todavía no ha aparecido media hora después la trucada. El negro no hace más que lamentarse en una eterna llamada a su chica y no puede parar de repetir "hey baby i miss you".
A la vista del panorama, paro a una furgoneta de otro hotel y convenzo a la chófer para que nos lleve por la patilla. La señora nos deja en un hotel de puta madre que no es el nuestro pero donde también aceptan nuestros vales. Ya es triste disponer de una habitación con dos camas dobles y no tener nadie con quien compartirlas. Salgo a pasear un rato mientras el sol desfila por el horizonte y se me ocurre demasiado tarde que tal vez podría haber vendido mi noche de hotel a algún hombre de negocios, las únicas personas que utilizan los alojamientos de las desérticas zonas próximas al aeropuerto. Con un precio real de 160 dólares, podría haber sacado un buen pellizco. En todo caso, la tarde es maravillosa y me entran ganas de salir a correr pero no tengo la ropa ni el calzado.
Vuelvo al Marriott y encargo la cena a un Domino's próximo pensando en recibirlo nada más salir de la ducha, pero finalmente no aparece hasta el cabo de noventa minutos. Y milagrosamente consigo mantener todavía el control de mi salivación.
martes 5 de mayo de 2009
Bogotá-New York-Cincinnati
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anims tiu!!! q ja et queda poc per arribar al teu somni de participar al concurs de barba i bigotis.
ResponderSuprimirpotser ja deus ser a alaska, sort!!!
juaka
Jajajaja no dejes de escribir lo que te pase, probablemente sólo ocurra una vez.
ResponderSuprimirÁlex
cómo mola nen.
ResponderSuprimirets un tremendu!! segueix donant-nos envidia!!
Martos
Xavi, estoy enganchado al relato de toda la travesia. Me parece fascinante. Ademas que hay pocas ocasiones en las que te pueda leer en castellano.
ResponderSuprimirHow I Met Your Mother es la ostia de serie, si has empezado ahora tienes suerte que hay como 4 temporadas. Cuantos capitulos para disfrutar.
Me has transmitido el hambre que tenias, asi que me voy a hacer un bocata. Y la proxima vez que nos veamos te cuento la historia de la Osa Mayor alli en la Unio Rumanana.
Suerte.
Un abrazo.
Xavi, ya sabes que tu barba tiene un fan portugués ; )
ResponderSuprimirMerci, Juaca, Martos i Àlex, però vosaltres podeu llegir la versió catalana!
ResponderSuprimirMe alegro que te haya gustado, Juan. Obvio que hay que juntarse de nuevo en la Unión para ponerse al día ;)
Siempre he contado contigo, Hugo. Gracias!