Hasta el momento, el clima me ha sido extraordinariamente favorable, con días cálidos y soleados que podrían ser considerados perfectamente primaverales si no fuera porque la nieve es visible por todas partes. Hoy el sol también promete hacer acto de presencia, pero si vas al lecho antes de las once de la noche resulta imposible dormir hasta más allá de las seis o las siete y, a estas horas y en medio del bosque, hace un frío de puta madre. Con unas cuantas capas de ropa, botas de montaña y la barriga contenta gracias a las compras del día anterior, soy el primer visitante del día en el glaciar.
El camino que conduce hacia al campo de hielo es muy guapo, siempre picando hacia arriba entre riachuelos, puentes y un suelo cubierto de hojas caídas más propias del otoño que de la estación actual. Y la nieve, tan blanca y pura, una visión que siempre alegra el espíritu. Excepto, claro, en aquellas ocasiones en que a cada paso tu pierna se hunde hasta la cintura. Excepto, también, cuando las indicaciones del parque aseguran la presencia de banderas de color naranja señalizando el camino pero éstas no aparecen en ninguna parte. Excepto, por último, cuando la única manera de guiarse es seguir las huellas que alguien ha dejado antes que tú para descubrir que te conducen a un punto muerto. Entonces, la nieve es una puta mierda.
Nada más salir de Anchorage, sentí sobre el brazo que el mordisco del sol era más fuerte de lo que resulta prudente y que, tonto de mí, había dejado el protector solar en casa de Matt. Ahora, todo y tener la cara cubierta con una gorra, gafas de sol y bufanda, siento como mi rostro se va tostando lentamente y todo indica que pronto deberé renovar la piel de mi nariz.
Harto de hundirme y con los pies ya blandos de tanta mojadera, decido hacer la mía y marcho hacia una zona dónde la nieve no se presenta lisa sino extremadamente removida, como si fuera el resultado de un alud. Mi idea es que quizás ésta sea más fácil de andar que la otra. Y así resulta, de forma que puedo adelantar a buen ritmo hacia arriba de la montaña. Claro que no sé demasiado bien dónde me dirijo, pero esto lo iré viendo sobre la marcha.
Llega un punto en que la pendiente es tan pronunciada que no me permite seguir adelante, y la única salida posible parece desplazarme un poco a la derecha y escalar unas rocas húmedas y llenas de musgo. No son firmes en absoluto, pero hay ramas por doquier que facilitan la ascensión en cierta medida. El problema, pero, llega en el preciso instante en que las ramas y la roca ceden simultáneamente bajo mi peso, precipitándome en una caída de cinco metros que hace que la nieve se hunda al recibirme por dar paso a un rocoso riachuelo. Muy bien, colega, hasta aquí ha llegado la aventura si es que la próxima vez no quieres jugarte el cuello.
Ahora debo encontrar la manera de volver a la nieve transitable por otra vía, puesto que bajar por las mismas paredes que me han conducido aquí es garantía de desastre y asistencia hospitalaria en helicóptero. Algunas caídas después, a las cuales hay que añadir un par de resbalones preocupantes y tres pequeños aludes, me encuentro de nuevo en zona segura. Sonrío alegremente y me felicito a mi mismo a la vez que descubro con el rabillo del ojo una inmensa bola negra a mi izquierda que hace un momento no estaba ahí. No emite el menor asomo de ruido, pero no puede ser una roca pues su textura parece más bien vellosa. De pronto levanta la cabeza, husmea algo, y la baja de nuevo para seguir comiendo hierba. Un oso. Negro. De aquellos que si te atacan los debes enfrentar porque son agresivos. Y yo he perdido el bastón de defensa que me ha acompañado todo el camino en la primera caída. Y la bestia se encuentra sólo a diez metros. Saco la cámara, pero si no mira la foto no vale un pepino, así que lo llamo a gritos, y una y otra vez, pero pasa de mí. Lo más fuerte es que se encuentra justamente en el mismo lugar que yo pisaba exactamente veinte minutos antes, en el inicio de mi escalada suicida.
Da media vuelta y se aleja, y yo emprendo el regreso con el triste convencimiento que nunca podré ser fotógrafo de National Geographic, uno de los mejores trabajos que existen. Ciertamente no he llegado al campo de hielo, pero puedo ver la parte superior de la cresta del glaciar, y entre la nieve que se hunde, las paredes que ceden y los osos que se hacen los locos parece que esto es recompensa más que suficiente.
Todo el camino de subida lo he pasado pensando que la bajada la haría dewslizándome como me enseñaron los niños de Seward y que sería una fiesta, pero cuando ejecuto el movimiento especial y salto adelante para emprender la marcha todo lo que consigo es caer de culo, y duele. Definitivamente, necesito un par de lecciones sobre los diferentes tipos de nieve y la forma de negociarlos. Repito el bote unas cuantas veces más y en algunas ocasiones sí puedo deslizarme, dependiendo de la superficie, pero el resultado general es que mi cóccix sale bastante perjudicado. Todavía así, el descenso resulta muy rápido, sobre todo si te has de ir girando por miedo de tener un oso en tu persecución.
A medio camino me cruzo con una señora de facciones asiáticas que confiesa haberse perdido también, y que ha llegado hasta aquí siguiendo mis huellas. La informo de mi avistamiento de un úrsido y parece bastante preocupada. Continúo bajando y ella observa con interés mi maniobra a medio camino entre el deslizamiento y el arrastrarse sobre el culo impulsándose con las manos.
De nuevo en el centro de información, agotado, mojadísimo y crujido, contemplo con envidia las fotos que muestran el final del camino, desde donde se puede contemplar un mar de hielo infinito que se extiende en todas direcciones. Maldita nieve y malditos guardabosques que no saben señalizar como corresponde. Llego a la tienda y me estiro a dormir en pelotas, porque el mediodía ya ha pasado y el día es bonito y cálido. Algo recuperado, desmonto el campamento y topo con el rancio de la noche anterior, que ha intentado hacer lo mismo que yo con idéntico resultado, y también con un tío que acaba de llegar en bici desde Anchorage. Este pelirrojo sonríe amistosamente en un gesto de complicidad entre su interesante barba de dos puntas y mi estilete de color marrón cobrizo. Antes de separarnos, me regala la que tiene que ser la frase del viaje. Have an awesome life. It looks like you are having a good job, though. Gracias, procuraré que siempre sea así.
La próxima parada es el Resurrection River Trail, un recorrido de dieciséis millas que según el centro de información se hace en ocho horas y son fáciles. El rótulo explicativo que hay a la entrada del camino indica precisamente todo lo contrario, pero no le hago demasiado caso porque yo ya lo tengo todo en la cabeza. Desgraciadamente todo lo que dice es cierto, y la vía está llena de placas de hielo, nieve traidora, riachuelos, barro y terreno inestable. El paisaje es bello, sí, pero resulta demasiado complicado progresar, sobre todo con un exceso de carga que castiga de mala manera unas espaldas que nunca han sido nada poderosas. Repaso mentalmente los objetos que llevo dentro la mochila y me pregunto con curiosidad cómo puedo haber cogido cuatro camisetas si sólo con dos voy más que servido. El sombrero, la linterna, el neceser, el jersey de colorines, los tejanos, los pantalones de correr... Quizás si el clima no hubiera sido tan fantástico las cosas serían diferentes, pero las ganas de hacer una hoguera ahora mismo con todo esto son brutales.
La situación se empieza a poner fea cuando al cabo de una hora el camino desaparece al llegar a un río de unos cuatro metros de anchura. La única manera de atravesarlo es haciéndolo por encima de un árbol caído. Esto no es ningún problema sin peso encima, pero no tengo nada claro que pueda mantener el equilibrio con la mochila a cuestas. Tras mucho rato buscando alternativas, veo que no hay ninguna otra salida y no estoy para nada dispuesto a dejar dos caminos sin terminar en un mismo día, así que hago de tripas corazón y consigo cruzar.
El rótulo anunciaba una densidad de osos relativamente alta, y aconsejaba hacer ruido para llamarles la atención. Cuando se viaja en pareja no hay problema, pues todo es cuestión de charlar con el compañero, pero yo estoy solr y no tengo por costumbre hablar conmigo mismo en voz alta, y todo lo que se me ocurre es ir repitiendo el grito de los huasos, una especie de campesinos locos chilenos. Uyuyyyyyyyy! Uyuyyyyyyyy!
La cosa sigue igual, sólo que tras tanto rato entre nieve, barro y agua, vuelvo a tener los pies mojados, y como en la mañana ya he empapado las botas esto quiere decir que estoy bien jodido para el día siguiente. Me permito un ligero descanso y, sentado sobre un tronco contemplo una ardilla traviesa que mira con especial interés mi mochila mientras escucho el constante rumor de tráfico en una carretera cercana sin entender bien de dónde puede venir. AL fin, una iluminación me hace entender que el ruido que oigo no es producto de los coches sino del río que corre a la izquierda del camino. Qué desgracia haber crecido en una jungla de cemento.
Otra hora y media de marcha me presenta una sorpresa como el anterior, sólo que peor, porque ahora el río tiene un ancho de ocho metros, no se puede ver el fondo y baja con mucha más fuerza. Hago todo lo posible para tratar de encontrar una alternativa, y lo único que soy capaz de ver es un puente roto en el otro margen. Debo cruzar, pues? Cómo coño pretenden que lo haga? Deshago el camino pensando que quizás había un desvío y no lo he sabido ver, pero no, esta playa rocosa debe ser mi destino final, pues las huellas de la gente que ha emprendido el camino un día antes así lo confirman. Busco troncos y puentes, y pienso y medito, pero realmente no hay manera de superar este río.
Son las ocho pasadas, demasiado tarde como para emprender el regreso. Deberé dormir aquí, en una gris playa llena de rocas y árboles muertos, con la absoluta certeza que los únicos seres vivos en muchos quilómetros a la redonda andan sobre cuatro patas. Tarareo Mai trobarás, una de aquellas canciones que tienen la capacidad de ponerme triate y emotivo, y la desesperación se apodera de mí como si fuera un niño pequeño. Estoy solo y aislado como no lo he estado a la vida, y el bosque está lleno de osos y lobos. En los dos lados noto los ojos húmedos y las lágrimas hacen acto de presencia, pero me fuerzo a recuperar la compostura o ya no habrá nada que me pueda hacer dejar de llorar.
Instalo la tienda y busco una manera de colgar mi comida en una rama alta, pero de ninguna de las maneras conseguiré alcanzar un punto al cual un oso no sea capaz de llegar. No muy lejos, pero, hay una caja de madera que no quiero saber por qué puede haber sido dejada allí pero me ofrece un interesante refugio. Guardo la comida olorosa dentro tras la que puede ser mi última cena y la protejo con rocas de forma que mi valioso tesoro no sea tan fácil de robar. El sol se esconde tras la montaña y la temperatura empieza a bajar dramáticamente, en parte por culpa del río, que baja con un terrible aliento gélido de las nieves de las alturas.
Alrededor de la tienda encuentro una rama bien firme y puntiaguda, y me loa llevo para adentro tras comprobar que la puedo manejar con agilidad en caso que llegue la hora de utilizarla como última defensa. Desnudo y con ganas de mear, no quiero saber nada ya del mundo exterior hasta que el sol no me brinde de nuevo su protección, pues las horas de oscuridad no son para pasarlas solo en una montaña, de modo que encuentro una incómoda postura que me permite cambiar el agua del canario sin tener que abandonar mi refugio. Es alucinante la cantidad de ruidos que uno puede sentir en estas circunstancias, y las causas que les puede atribuir. Para terminarlo de arreglar, se me ocurre que para regresar a la carretera deberé cruzar nuevamente el tronco-puente, y que quizás no seré capaz de superar la prueba una segunda vez.
lunes 18 de mayo de 2009
Into the Wild
La señal de advertencia mola tanto que casi me entran ganes de tirarme por el barranco
En primer plano, el poderoso bastón que me ayuda en la ascensión y me protege de los salvajes osos
El valle hace ya rato que ha quedado atrás
Una roca negra llena de pelos?
En busca de más comida
Por allí arriba queda el Campo de Hielo
No es precisamente la pista más practicable del mundo
Éstos son los puentes del siglo XXI
Sin duda, la obra de un malvado grupo de castores, criaturas de una vileza difícilmente igualable
Qué bestia inhumana puede haber hecho esto?
Bienvenidos al campamento base
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JODER qué miedito.
ResponderSuprimiry qué pelotas.
y me repito, qué envidia.
Que no te muerdan los osos!!
UYUUUUUUUUIIIIIIIIIII
ResponderSuprimirwuajaja xD
THO CURRES MIL!!!! em fa por quan tornis a bcn i surtis de festa amb la tenda
ResponderSuprimirQue grande Lozano, que grande...
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