La ciudad de Seward es el puerto que originalmente utilizaron los mineros en la época de la fiebre del oro para acceder a la remota Alaska, puesto que mientras el resto de la costa estatal se ve expuesta a la furia del Océano Pacífico sus aguas se encuentran protegidas por la tranquila y resguardada Resurrection Bay. Esta bahía también destaca por la belleza de los paisajes que ofrece, glaciares y montañas nevadas hasta dónde llega la vista; así como una gran variedad de vida marina, desde leones hasta ballenas. Mi guía asegura que un tour por estas aguas es una de las mejores opciones turísticas de la región, así pues me despejo bien pronto para salir en busca de la opción más barata mientras desayuno mi última manzana para dar algo de variedad a mi económica dieta de cereales, galletas de cereales y barras de cereales.
Una vez más, mis planes se ven frustrados por haber viajado demasiado pronto, y es que los tours todavía no llegan hasta el lejano Northwestern Glacier, la vista más espectacular de todas según mi autor de cabecera. A cambio, pero, consigo un descuento del veinte por ciento, que no es poca cosa en una tierra en qué desplumar turistas es casi un deporte nacional. El puerto no ofrece demasiada variedad de lugares a la hora de alimentarse, y los precios son exorbitantes. Tres dólares por uno cruasán... Tampoco hay nada similar a un supermercado, y me acerco a una tienda de ropa y complementos marinos a perder algo el tiempo. Una decisión de lo más acertada, pues me permite descubrir la mayor oferta que se pueda encontrar en el país entero. Un paquete de cereales de la marca no-te-fijes, que típicamente tiene un coste alrededor de los cuatro dólares, sólo por ochenta y cinco céntimos puesto que está caducado desde hace dos meses. Qué lugar tan maravilloso, ojalá en mi casa también vendieran alimentos vencidos, los compraría todos.
Recojo el campamento y vuelvo a la oficina de la agencia turística para conectarme un pequeño instante a internet y dejar la mochila, pues pesa un cojón y estoy harto de cargarla. La barca, de dos pisos, está llena de chinos y viejos. La única gente de mi edad son dos chicas que se sientan en la mesa de enfrente. La que tengo de cara es muy linda, pero no malgasta un solo minuto de su tiempo en mirarme. Por muchas horas que haya reposado durante la noche, dormir es siempre mi actividad principal cuando entro en un vehículo en movimiento, pero en este caso hago un esfuerzo supremo por amortizar lo que he pagado y contemplar estos paisajes que se prometen tan magníficos.


Y ciertamente lo son. Un guardabosques retirado se encarga de los comentarios y, además de ofrecer información de calidad y muy detallada, avisa de toda la fauna salvaje que tenemos a la vista. Águilas, delfines, orcas asesinas, focas, leones marinos e, incluso, ballenas. Tras verlas por primera vez, éstas se sumergen, y la barca permanece con los motores apagados mientras todos los pasajeros hacemos silencio a la espera de una reaparición que puede tardar veinte minutos en llegar desde cualquier lado. De pronto, el ruido de un cuerpo emergiendo y una columna de agua que se eleva más de un metro sobre la superficie con el sonido tan característico que tiene el surtidor de un cetáceo. Una escena impagable.
La visita también incluye el acercamiento a un glaciar que desemboca en el mar. Maravilloso, sin duda, pero no tanto como las masas de hielo de la Patagonia, las más grandes del planeta. La principal diferencia, sobre todo, es que ésta está muy calmada y no se producen grandes desprendimientos de hielo, con la pérdida del espectáculo visual y sonoro que esto comporta. Nuevamente, compruebo la ineptitud y poca dedicación de la gente cuando les pides que te tomen una foto. Lo intento con multitud de pasajeros y no consigo una sola imagen decente. Hijos de puta, si os digo que no quiero que salga nadie más esto también incluye a vuestra madre, hermana o amiga.


A la hora de adquirir el tour existía la posibilidad de pagar diecinueve dólares más (y sus correspondientes impuestos) para disfrutar de un bufete libre de ensaladas, carne y salmón. El menú es ciertamente tentador, pero no el precio, y menos tras haber comprado los cereales. Normalmente puedo aguantar el hambre sin problemas, pero el delicioso aroma que se apodera del barco una vez empiezan a servir platos me vuelve loco. Cualquier que vea los ojos con que miro la comida pensará que llevo una semana sin haber tragado nada. No puedo parar de meditar alguna manera de conseguir un plato por la cara. Robar el papel verde a alguien? Pedir a algún pasajero que haga el favor de llenarme un plato? Anuncian que en cinco minutos cerrarán el tenderete y ya nadie se levanta a por más. Sólo queda un camarero. Me acerco y, directamente, le pido si podría servirme comida aunque no he pagado por hacerlo. Sonrío con cara de inocencia. Dice que no puede. Me encojo de hombros. No has traída comida?, me pregunta. Sí, cereales... Detecta un acento extraño e inquiere por mi lugar de origen. Barcelona. Oh, really!? Se pone a hablar del Barça y no sé qué de un equipo de Seattle. Lo tengo en el bote.
Dice que me sirva un plato pequeño, y para distraerlo algo le comento que he venido por el Mundial de Barbas y Bigotes. Se vuelve todavía más loco, pues lleva tiempo hablando del tema a sus amigos y se muere de ganas de verlo. Me sirvo la comida que me da la gana porque lo tengo bien engatusado; si le digo que me haga una mamada se tirará de cabeza, porque para ser fieles a la verdad hay que decir que pierde aceite en cantidades industriales y esto está jugando en mi favor. Prometo enviarle fotos del acontecimiento y casi se pone a llorar. Como yo, cuando pruebo esta comida tan caliente y espléndida.
La nave inicia el camino de vuelta y ahora sí que me pongo a dormir, mientras la rubia guapa hace lo mismo ante mí con la boca entreabierta. No puedo dejar de pensar que se vería mucho mejor con algo mío dentro de la cavidad bucal, y mi enterpierna dice que sí, pero el baño está ocupado y dejo el tema para una profunda meditación nocturna.
Siete horas y media después, estamos en el puerto de nuevo, y me dirijo a la oficina pensando que sería muy humillante que hubieran cerrado con mis cosas adentro. Evidentemente, así es, y debo volver al barco a buscar mi amigo para que me abra la puerta. No estoy dispuesto a pagar de nuevo por la zona de acampada municipal, así que me dedico a hacer tiempo esperando que sea de noche y nadie me vea instalar mi carpa. Entro en un hotel próximo y me acomodo en el salón de la recepción para cargar la batería de la cámara. Cuando la encargada descubre mi presencia, ya es demasiado tarde y no tiene otra salida que dejarme hacer.
El tiempo pasa, son casi las once, y ya no hay nadie más a la sala. La mujer se acerca y pregunta si soy nuevo a la ciudad. No, llegué ayer. Ah, y ya has encontrado trabajo? Río y le ahorro la incomodidad de echarme fuera abandonando el local aunque el proceso de carga todavía no se ha completado. Ya no hay vigilancia en el camping y planto la carpa sin molestarme en poner las estacas ni los vientos para poderla recoger con mayor celeridad el día siguiente por la mañana.
viernes 15 de mayo de 2009
¡Por allí resopla!
Típico yanqui asquerosamente gordo
El mar es una balsa de aceite. Mola.
Killer whale!
Absurdísima máquina de refrescos en medio de la nada
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
En català: no tens vergonya, però reconec que és més divertit així.
ResponderSuprimirÀlex
que bueno el blog Xavi, continua disfrutando y haciendonos babear a todos con tus viajes. Un abrazo primo. Jorge
ResponderSuprimirhwahWAHWAH
ResponderSuprimirmaquina !!
eres un cabrón.
ResponderSuprimiry yo un envidioso.
keep doing it!!