domingo 10 de mayo de 2009

Sin ropa ni bromas

Vivir con Matt mola mil, puesto que su hermana tiene la despensa llena de porquerías naturistas para picar, y él insiste en que me sienta como en casa, que coja lo que quiera. Así pues, el desayunose presenta bien suculento, con tostadas, humus, huevos fritos, queso fresco, salsa de tomate italiana y barras de cereales a punta pala. También me hace saber que los habitantes de Alaska son, en general, adictos al café, con la mayor concentración de cafeterías por habitante de todo el país, de forma que me arrastra de cabeza al coche y salimos a por la primera dosis del día. Allí nos reunimos con un colega suyo que trabaja en la biblioteca y que trae entre manos una increíble adaptación del clásico Pride and Prejudice de Jaune Asten, Pride and Prejudice and Zombies. Este tío me tiene que caer bien a la fuerza.



Una broma habitual de la zona es que Anchorage es un lugar encantador, puesto que está a sólo veinte minutos de Alaska. Efectivamente, la ciudad más poblada del estado es un lugar feo del cual lo único que se puede destacar son sus increíbles vistas, cortesía de las múltiples cumbres nevados del inmenso Chugach National Monte. Y hacia allí nos dirigimos para una caminata antes de comer. Al salir de casa, nadie me había avisado que iríamos a la montaña y yo, feliz de ver el sol, calzo unas sandalias que no son nada apropiadas para estas latitudes. Andar con ellas por encima de la nieve es toda una experiencia. Y no la recomiendo a nadie, puesto que si fuera para andar por encima aún sería factible, pero el caso es que no hace puta gracia resbalar constantemente y que tus pies se hundan en el blanco frío. Afortunadamente, la cosa no dura demasiado rato, y una vez dentro del coche puedo entrar en calor.

La peña equipada de puta mare i yo casi descalzo :S


Nieve sucia por la ceniza de una reciente erupción volcánica




Ocupo la tarde planeando mi próximo movimiento, pero sin demasiada fortuna. Al parecer, he llegado quince días antes del inicio de la temporada turística y hay un montón de lugares que todavía no disponen de servicios de transporte. De todos modos, en un estado que contiene un tercio de la superficie total de parques nacionales del país es imposible no tener nada que hacer. La idea era salir hoy mismo hacia la montaña, pero Matt me comenta que por la tarde tiene una cena en casa de una amiga y después una sauna. Por sauna quiere decir una sauna con la gente en pelotas. Y a la tía buena de las máscaras de cera la conoció en una de estas reuniones, por lo que rápidamente cambio de planes y me uno a su propuesta.

Su amiga vive en una casa que tiene un comedor inmenso que se ve todavía más grande por el hecho que el único mueble presente es una mesa minúscula. En ella se depositan los platos que cada cual ha traído y la gente se distribuye alrededor o por el suelo. El ambiente es agradable, y todos los presentes tienen la afabilidad propia de los hippis. Todo el mundo muestra un cierto interés en el próximo Campeonato Mundial y mi ciudad de origen, pero pronto me siento ligeramente superado por las circunstancias. Mi inglés es lo suficientemente bueno como para hablar con dos o tres personas a la vez, pero aquí somos una docena y la cosa se me escapa de las manos.

Me considero una persona muy graciosa, y si alguien piensa lo contrario es seguramente porque en alguna ocasión ha sido el blanco de mis burlas para gran satisfacción del resto de personas presentes. En una situación de conversaciones cruzadas, como ésta, normalmente no tengo ningún problema para saltar de una a la otra soltando comentarios agudos y/o picantes aquí y allá, o contar alguna historia bien larga e inverosímil. Aquí, pero, me encuentro que pese a entender perfectamente lo que la gente está diciendo y tener las respuestas a punto, no soy capaz de manifestarlas con la suficiente rapidez porque mi vocabulario y fluidez no me lo permiten. Es la primera vez en la vida que me encuentro con la mente llena de bromas y no las puedo compartir. Es una sensación horrible.

Así, mantengo conversaciones cordiales con la gente, pero nada especialmente entretenido que pueda hacer que siempre me recuerden. Mierda. Por lo tanto, me limito a escuchar a la gente sin participar demasiado, disfrutando de lo que dicen y tratando de aprender algo más de este coi de idioma global. Afortunadamente, todavía hay alguien dispuesto a dedicarme su atención, y es que el que parece contar con menos amigos de la sala se acerca y me pide, con ademán muy serio, cuál es (en mi opinión de experto competidor mundialista) la mejor afeitadora del mercado. Cuando consigo dejar de reír, le informo que toda la vida he usado Gillette, pero que realmente no soy una referencia de fiar porque odio afeitarme, actividad que típicamente termina con mi cara teñida de color rojo. Sin captar el mensaje, sigue por el mismo camino y quiere saber cuál prefiero, si la de tres o cuatro hojas. Bien, no sabía que ya hubieran llegado a la cuarta, pero yo me quedo con dos. Llamadme clásico, si queréis. Y con navaja, qué tal?, pregunta ahora. Nunca lo he intentado, pero parece una actividad de alto riesgo.

El tema no da para más, y como Matt va hacia la sauna, yo también me apunto a despelotarme. La sauna en cuestión es una caseta de madera de unos doce metros cuadrados y tres de alto. En las paredes laterales, un banco en el suelo y otro a media altura, y en medio de la sala una estufa que funciona a plena potencia. La atmósfera es asfixiante, y no hay nada que valga la pena ver. Principalmente, porque la cita es a oscuras, en contra de lo que me habían dicho en un principio, pero así no deberé sufrir por la posibilidad de tener una erección. Las tías buenas no han venido, y la selección de féminas presentes es realmente estrafalaria. A mi derecha, una lesbiana inmensa, de aquellas que son más fáciles de saltar que de rodear. Llena de tatuajes, se ha pasado la cena levantándose la camiseta por enseñar el barrigón o bajándose los pantalones para mostrarnos la raja del culo. A mi izquierda, una rubia gigante de cabello corto y espaldas anchísimas, el auténtico prototipo vikingo de valquiria. Es guapa, pero sus dientes descolocados son los típicos de los amantes de la cocaína. Se lo diría, pero nuevamente la falta de fluidez me impediría quedar bien. Tiene un cierto atractivo, mas sus pechos firmes y desafiantes se ven demasiados musculosos. Su vulva, del todo depilada y excesivamente infantil, es el elemento perturbador definitivo. Ciertamente, si jamás en la vida he topado con una mujer que fuera capaz de violarme, es ella.

Junto a Matt, una chica diminuta de preciosos ojos verdes cuyo rostro me recuerda demasiados a una chilena imposible de olvidar. Vestida parecía tener un par de buenas tetas, pero tras sacarse los sujetadores deportivos le caen más de lo que deberán hacerlo a su edad. En banco de enfrente, la ama de casa de la casa, también lesbiana y también extremadamente gorda, pero sin el valor suficiente como para desnudarse. Ella y el chico que me preguntaba sobre las afeitadoras son los únicos que cubren sus genitales. Es una lástima que se abandone de este modo, pues es realmente guapa y encantadora; encima, es fanática de las barbas, y asegura que David es su mayor fantasía sexual. En el extremo diagonalmente encontrado de la cabaña, la más femenina de las presentes, una rubia con cara de no haber roto nunca un plato que luce una tremenda mata de pelo negro en la entrepierna hace manitas con un chico espectacularmente fibroso, con el cual más adelante tendré ocasión de hablar para descubrir que es un loco de los deportes extremos y en un mes se ha de enfrentar a un raid de montaña de ciento sesenta millas.

El silencio es opresivo, como la atmósfera, y casi es mejor que no haya un termómetro porque si supiera la temperatura real de la sala me desmayaría al punto. Absolutamente bañado en sudor, como si me hubiera metido en una piscina, decido salir en busca de aire puro. Son las once y media y el sol todavía brilla por encima de la línea del horizonte. Viniendo del infierno, los ocho grados centígrados del ambiente me parecen del todo primaverales, y me repongo tumbado y desnudo sobre el césped tratando de recuperar un ritmo normal de respiración. Ver gente en pelotas es el único motivo razonable que puede existir para entrar en una sauna.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada